Categorías
Artículos

Una perspectiva feminista sobre las personas en situación de sinhogar

Cuando se trata de sinhogarismo, a menudo se nota la falta de una perspectiva feminista. Por esto es necesario concienciar a la sociedad de las dificultades que las mujeres sin hogar sufren, ya que por el hecho de serlo se encuentran silenciadas en nuestra sociedad patriarcal y que, sumadas a la situación de sinhogarismo, su marginación es todavía más notoria. El objetivo de este artículo es tratar el tema del sinhogarismo desde una perspectiva más inclusiva y evidenciar la falta de información que existe al respecto y el imaginario social que rodea a las mujeres sin hogar.

Cuando hablamos de personas sin hogar, debemos tener en cuenta que, como la situación de cada persona es única y peculiar, no se trata de un colectivo homogéneo: por eso, un análisis de este fenómeno no puede dejar de lado las individualidades y las diferentes historias de vida de cada una. No obstante, sì podemos – y deberíamos – utilizar una perspectiva feminista e interseccional que tenga en cuenta las ulteriores discriminaciones que viven algunas personas que se encuentran en esta circunstancia. Por eso, si hablamos de las personas cuyo sexo asignado al nacer es mujer y viven en situación de sin hogar, podemos generalizar en que éstas sufren, como mínimo, doble marginación – por ser mujer y por no tener hogar – y, con lo cual, mayores dificultades en sus vidas. Además, esta discriminación aumentaría si hablamos de la aporofobia, de la transfobia o del racismo, por ejemplo.

En primer lugar, antes de empezar a hablar de la situación de las mujeres en concreto, vamos a exponer de forma sintetizada el concepto de sin hogar, ya que – al contrario de lo que se suele pensar si no se conoce el tema en profundidad – es mucho más que estar “en la calle”. Este se puede tipificar de la siguiente manera, siguiendo a la Federación Europea de Organizaciones Nacionales que trabajan con Personas sin Hogar (2008):

  • Sin techo: no tiene alojamiento de ningún tipo y/o vive en un espacio público;
  • Sin casa: en alojamiento temporal, en instituciones o en albergues;
  • En alojamiento inseguro: bajo amenaza severa de exclusión por desahucio, arrendamiento precario o violencia doméstica/machista;
  • En alojamiento inadecuado: en chabolas de asentamientos ilegales, en vivienda no apta para su habitabilidad según la normativa, o donde existe una situación de hacinamiento.

El hecho de que la población general tenga el imaginario social de un “hombre durmiendo en un cajero” puede estar motivado por diferentes fuentes, como por ejemplo los medios de comunicación, las redes sociales, las investigaciones, el estigma social que rodea a estas personas, etc.

Primero de todo, es evidente que existe una falta de información e investigación sobre el tema, tanto en la literatura académica como en la comunicación general no especializada. De hecho, si echamos un vistazo a diferentes recuentos o informes, podemos darnos cuenta de que la mayoría de estos se enfocan en la primera categoría de las anteriormente presentadas – la de personas sin techo: siendo esta formada en su mayoría por hombres y, con lo cual,  gran parte de la literatura sobre el tema presenta informes focalizados en la experiencia de los hombres sin techo – exactamente ese sujeto es representativo de las personas sin hogar en el imaginario y discurso colectivos.

Efectivamente, los medios de comunicación apenas enseñan otras realidades de este colectivo, derivando en el desconocimiento absoluto de la población creando una opinión pública que nada tiene que ver con la realidad. Sería suficiente hacer una simple búsqueda rápida en Google de la expresión “sin hogar” para confirmar que la figura del hombre viviendo en la calle – posiblemente en condiciones de degradación, problemas con alcohol y drogas, etc. – es hegemónica en el discurso dominante.

En cambio, si buscamos recuentos o informes específicos de las personas sin hogar que viven en alojamientos inseguros o inadecuados – entre las cuales hay unas cifras más altas de mujeres – es fácil notar la escasez tanto cuantitativa como cualitativa de las fuentes sobre estos grupos. Por lo tanto, resulta evidente la falta de perspectiva feminista en las investigaciones, ya que solamente cuentan con las personas sin techo y sin casa (que, repetimos, son solo dos subconjuntos del colectivo más amplio que denominamos “sin hogar”), dejando de lado los grupos restantes e invisibilizando de esta manera a la gran parte de las mujeres sin hogar.

Plaza (2019) desde la revista Pikara citando a Thomas Ubrich expone:

“Estas situaciones existen, lo sabemos, pero no se recogen datos y no se pueden poner en práctica políticas. Lo invisibilizamos todo. […] Las mujeres sin hogar están invisibilizadas, pero existen. He conocido a algunas que se van a dormir a Urgencias porque no tienen donde ir. Y así es como se van volviendo invisibles, no se las ve.”

Entonces, están invisibilizadas exactamente las personas por las cuales la situación de sin hogar es socialmente más dura. El hecho de que el porcentaje de mujeres es bajo entre las personas sin techo está relacionado con varios actores estructurales de nuestro entorno socio-económico, que incluyen entre otros la división sexual del trabajo, el rol central de las mujeres en trabajos de cuidado (en hacerse cargo de les niñes o de las personas mayores), la violencia machista, etc. En general, para una mujer vivir en la calle representa un riesgo muy alto en términos de seguridad de la propia persona y de su familia.

Desde la Asociación Realidades (2018) nos exponen lo siguiente:

“La brecha salarial, el cierre del mercado laboral para las mujeres, que se nos reduzca a un rol maternal/reproductivo y a la esfera privada del hogar, la cosificación sexual y el doble estigma social (por ser una mujer y estar sin hogar), entre otros factores, hacen que muchas mujeres sigamos manteniendo una alta dependencia económica de nuestras parejas o de otras personas. Una simple ruptura sentimental puede implicar para nosotras la ausencia de recursos económicos básicos para nuestra supervivencia y bienestar social. Por este motivo muchas mujeres mantenemos relaciones de pareja insatisfactorias o nos emparejamos simplemente para tener un “elemento de protección”, nos prostituimos, intercambiamos compañía o cuidado a cambio de alojamiento, incluso llegamos a no denunciar agresiones y violencias machistas, con tal de no terminar en la calle. Una compañera decía: No eres una persona en la calle, eres una mujer en la calle.»

Con esto, podemos ver cómo muchas mujeres llegan a extremos de preferir soportar situaciones de violación y prostitución antes que pernoctar en la calle, ya que la vida de ellas resulta mucho más compleja en ese entorno y deben afrontar mayores riesgos que los hombres. Los datos que podemos encontrar en el Instituto Nacional de Estadística (2012) nos muestran efectivamente que el 40% de las mujeres en situación de sin techo han sido agredidas y el 24% ha sufrido agresiones sexuales, al contrario que los hombres, los cuales sólo el 1,5% manifiestan haber sufrido agresiones de este tipo, confirmando lo que es obvio para cualquiera mujer: o sea, que el entorno de la calle es una zona de alto riesgo para nuestra supervivencia.

Hay que añadir que el riesgo de agresión es alto no solo en la calle, sino también en las estructuras de acogida que deberían ser un espacio totalmente seguro para todas las personas que los frecuentan: si tomamos a modo de ejemplo nuestro entorno más próximo, en la ciudad de Pontevedra todos los espacios habilitados son compartidos con hombres. Esto se traduce en que las mujeres viven diferentes actitudes machistas sufriendo degradación, humillación, exclusión, miedo, incluso en contextos en que deberían sentirse más protegidas. Con lo cual, no es sorprendente que traten de evitar encontrarse en situación de sin techo o de sin casa y prefieran vivir, por ejemplo, en hacinamiento o en viviendas no aptas para residir. Esto no significa que el trabajo hecho por asociaciones y centros especializados no sea fundamental, sino que las personas profesionales del  trabajo social  deberíamos pensar seriamente en desarrollar e implementar metodologías centradas en un enfoque inclusivo y feminista, que priorize las necesidades especificas de los grupos más marginados. 

Entonces, parece claro que una perspectiva de género es necesaria en el trabajo social con diferentes colectivos y en todos los ámbitos, ya que las realidades de las personas con sexo o género femenino están asociadas a unas discriminaciones en todos contextos – incluso los de situaciones sin hogar. Además, si la educación de género es fundamental en cualquier ámbito (profesional o informal) por el evidente retraso que existe generalmente en nuestra sociedad sobre ese tema, ésta deviene – si es posible – aún más fundamentalmente en el trabajo con mujeres que ya se encuentran más marginadas por factores que se añaden al género – como lo de estar sin hogar. En esta perspectiva, un enfoque interseccional sería fundamental para comprender y manejar la pluralidad de realidades enfrentadas por las personas que viven este tipo de situación. Por ello, se considera importante que todas las profesionales que trabajan con personas sin hogar deberían recibir una educación en este tema, ya que la intervención con el colectivo no puede ser generalizada, sino que hay que considerar las diferentes realidades vividas por las personas que hacen parte de ese grupo.

Existen afortunadamente realidades tanto formales como informales que intentan desarrollar e implementar servicios que ayuden a las mujeres sin hogar en concreto – asociación AIRES, Asociación Realidades o Asociación Moradas en Madrid, Casa Internazionale Delle Donne o Lucha y Siesta en Roma, por ejemplo. No obstante, si miramos al contexto general del trabajo social en este ámbito, es necesario evidenciar que en la mayoría de los casos no se pone la atención adecuada al tema como se debería.

En la actualidad nos encontramos con una falta de formación en género de las personas que trabajan en el ámbito de lo social, lo cual dificulta cubrir la importante necesidad de abordar esta perspectiva de manera transversal. Esta falta de formación de las profesionales conlleva a la falta de herramientas para llevar a cabo una intervención adaptada a la realidad del colectivo de las mujeres. La necesidad de esta formación y de contar con personas profesionales especializadas en género tiene la finalidad de dotar de esta perspectiva feminista las actuaciones que se desarrollan desde las profesiones de lo social y, así, evitar errores en las intervenciones. En todas las organizaciones y servicios públicos que trabajen desde lo social, la perspectiva feminista debería ser una prioridad. 

Por otro lado, es necesario que tanto en el ámbito académico como en el contexto de los medios de comunicación se desarrolle una perspectiva más inclusiva que permita transmitir una visión más completa y exacta del grupo de las personas sin hogar y de su contexto. Es fundamental que el discurso general sobre el tema – juzgante y centrado en el estereotipo del hombre sin techo – se aleje de su postura moral y patriarcal para dar visibilidad a la variedad de experiencias de las personas sin hogar, evidenciando también las causas estructurales de su situación creadas por nuestro entorno socioeconómico.


Referencias

Estela Regueiro Chaves es trabajadora social con experiencia en sinhogarismo graduada en la facultad de Santiago de Compostela. Ha realizado su trabajo de fin de grado sobre el imaginario social que existe en torno a este colectivo. Ha participado como voluntaria en un campo de trabajo con niñes, jóvenes y mujeres en el norte de Marruecos. Cuenta con varias publicaciones en congresos, como el “Congreso Internacional sobre cannabis y sus derivados” y el “Congreso SEMERGEN”.